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Primeros pasos para conseguir en la ciudad la vida de campo que quiero

Una de las cosas que más oímos es que por ahora no podéis conseguir la vida que queréis, y eso implica que estáis destinadas a vivir de mala manera hasta que consigáis mudaros.

A mí me pasó algo parecido.

El año pasado, me fui a vivir a la ciudad por una temporada. El piso estaba bien y estaba satisfecha, además tenía la casa de mis padres en el pueblo. No me podía quejar.

Los primeros meses me sentía un poco extraña. Mucha gente en todos lados, acordarme de cerrar todas las ventanas y las puertas, escuchar a vecinos arriba, abajo y a los lados y no tener un bosque al que ir a poder pasear en la puerta de casa.

Además, por mi trabajo, pasaba 1 o 2 días en semana en los montes de Madrid, estudiando especies, recogiendo material genético o visitando parques, por lo que tenía mi dosis de campo relativamente cubierta.

Para llegar hasta el trabajo tenía que tragarme varios atascos y tardaba casi 1h al final, pero luego me pasaba 5 o 6 horas recorriendo bosques, por lo que no me importaba demasiado.

Por las mañanas trabajaba, y algunas tardes, estudiaba exámenes, hacía trabajos o asistía a clases del máster, y las horas que me sobraban, trabajaba con Germinando Rural.

Me quedaban pocos meses de contrato, y mi idea era una vez terminara, dedicarme por completo a Germinando Rural y acabar el máster.

Y los meses fueron pasando, algunos más rápido y otros más lento.

Cuando acabé mi contrato, empecé a trabajar desde casa a tiempo completo con Germinando Rural, así que pasaba de lunes a viernes dentro del piso. Tenía su parte buena, me evitaba madrugones, coger el coche, tragarme atascos y salir de casa.

Sin embargo, estaba agobiada. Estaba de lunes a viernes sin salir de casa, y los fines de semana, como mucho algún día salía a hacer una ruta de un par de horas.

Sentía que no sabía cómo vivir en ciudad, porque yo me había acostumbrado a vivir como se vive en un pueblo.

Por ejemplo, por primera vez, me sentía insegura para salir por la noche sola a dar una vuelta. Yo muchas veces, cuando estoy agobiada, paro y me voy a pasear sola por el campo. En ocasiones me llevo a los perros, pero muchas otras no. Ir en silencio y caminar por la naturaleza me ayuda a poner mis ideas en orden y a despejar la mente.

Mis momentos favoritos para pasear son por las mañanas con el sol en lo alto y a última hora de la tarde, cuando el sol ya ha caído y la gente está cenando en sus casas, por lo que no hay absolutamente nadie en el campo.

Sentir que no podía hacerlo me extrañaba, y no sabía cómo gestionarlo. Estuve muchos meses sin salir sola de casa a dar una vuelta. No conocía el barrio, y al contrario que en mi pueblo, salir cuando no había nadie no me hacía ninguna gracia.

Calle vacía

Lo único que yo quería era disfrutar del campo, poder dar un paseo para desestresarme y sentir que estaba cerca del campo, aunque estuviera en la ciudad. Y así poder vivir tranquila en la ciudad hasta que pudiera volver al campo.

Después de mucho reflexionar sobre cómo podía hacerlo, me di cuenta de que podía hacer cosas en la ciudad que me acercaran al campo.

No tenía que renunciar a lo que me hacía feliz mientras viviera allí, sino que tenía que modificar lo que hacía para hacerlo apto para la ciudad.

No era lo mismo, pero me ayudaba a mantener las sensaciones que me daba el campo.

Lo primero y más fundamental fue hacer el cambio de mentalidad. En vez de mirar lo feo y lo malo, y vivir resignada a sentirme así hasta que me fuera al campo, decidí cambiar cómo miraba las cosas. En vez de quejarme porque no podía salir a pasear, cambié las horas a las que salía.

Empecé a salir a la hora de la salida de los colegios y a media mañana, cuando hay mucha luz y hay algunas personas en la calle.

Empecé a ir a parques de Madrid. Si quedaba con amigos, les decía de ir al Retiro, o el Parque del Oeste, o cualquier zona verde que me permitiera pasear entre árboles.

Decidí poner migas en el alféizar de la ventana para atraer pájaros, y así escuchar sonidos de pájaros en la ventana, como me pasaba en mi pueblo.

Compré geranios y los puse en el centro de la ventana, para que al mirar afuera viera plantas en vez de la calle. Además, como tienen una flor preciosa, le daba color a la casa.

Ese tipo de acciones, y sobre todo el cambio de chip, fue lo que me ayudó a sentir que, aunque estuviera en la ciudad, mi mente y mi espíritu ya estaban en el campo.

Esas son algunas de las cosas que yo hice. Si tú también sientes que eres presa de la ciudad, y que solo podrás vivir bien cuando te mudes, te recomiendo que des pequeños pasos como los míos.

Presa ciudad

Para mí lo primero fue el cambio de mentalidad. También, puedes añadir tus propias rutinas o acciones que te agradan y que te transportan al campo o a algún lugar de naturaleza con calma. Por ejemplo, probar a pasear por los parques de tu ciudad en silencio, sin hacer caso al móvil. Observar qué pájaros o árboles hay por tu zona, y en qué mes florecen y cuándo se les caen las hojas.

Mirar al cielo, las nubes y el sol. Aprender qué orientación tiene tu casa y a qué horas se quita el sol de cada una de las habitaciones o abrir las ventanas y notar de dónde sopla el viento; para así ganar conciencia del entorno que te rodea y ser consciente de cómo la naturaleza actúa, aunque estés en la ciudad.

Ir caminando a los sitios, en vez de coger el transporte.

Poner un pequeño huerto en tu casa, aunque sean un par de macetas de aromáticas, y estar en contacto con la tierra, notar su humedad y su olor.

Y muchas más.

Aquellas que te acerquen al estilo de vida saludable y tranquilo que quieres.

No lo dudes. Tu nueva vida empieza hoy.

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